En el trabajo teníamos un compañero que se perdía una vez al día y no había manera de encontrarle, se llamaba José Luis. Ya podías buscarle que, nada, no aparecía por ninguna parte. En su mesa de oficina tenía cuatro matrioskas y me percaté que durante sus ausencias faltaba también la segunda de las figuritas mayor. Este detalle no pasó desapercibido por el jefe. Cuando venía a por él y no le encontraba, se limitaba a mirar la repisa de las matrioskas. Si contaba tres, no se molestaba en preguntar.
Con el tiempo, el resto de administrativos comentamos la curiosidad y uno de ellos se acercó a la muñequita rusa. Huele a culo, dijo, y no pudimos contener la risa. Sin embargo, aquel comentario no fue sarcástico, realmente la segunda de las matrioskas desprendía un olor peculiar.
Esta circunstancia despertó nuestro interés, que finalmente nos hizo seguir la pista del ausente y descubrir que se encerraba en los baños durante sus misteriosas desapariciones. Cada vez que José Luis se levantaba del asiento, el resto le observaba para comprobar si cogía la matrioska o no. Si lo hacía, algunos se miraban entre sí y levantando las cejas repetidas veces señalaban la dirección en la que se marchaba. Entonces, entre burlas, comentaban que si la muñeca estaba perdiendo el color, que si ya era hora de ponerle otra mano de esmalte, que si la muñeca había perdido la sonrisa y tenía la cara mustia, no cesando en sus comentarios hasta que José Luis regresaba de los servicios.
Un lunes, nuestro compañero no acudió al despacho.
A media mañana, el jefe se presentó en la oficina y se quedó unos minutos mirando las figuritas rusas. Después se giró y quitándose las gafas nos pidió que nos acercáramos, tenía algo importante que comentar. Con la vista perdida en el suelo comunicó que José Luis había fallecido en Marruecos. Al parecer, se le había reventado una bolsa de cocaína en el estómago. Conmocionado, pero empresario, nos pidió que continuásemos trabajando con normalidad.
El resto de compañeros estuvimos horas sin decir palabra. El silencio se apoderó de la oficina durante aquella fatal jornada. Pasado el mediodía, después de comer, aparecieron dos policías y confiscaron la torre de ordenador de José Luis ante la atenta mirada de las matrioskas. Los agentes se marcharon sin mediar palabra. Al día siguiente, sus pertenencias habían sido retiradas y depositadas en una caja, pero nadie acudió a recogerlas. Éstas se archivaron más tarde en los sótanos de la empresa, con su nombre y el año en curso escritos en la solapa de la caja con rotulador de tinta permanente. Alguien que conocía su fecha de nacimiento, la escribió también entre el nombre y el año de su muerte.
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