[Los que ya me conocen y siguen este blog saben que significa este corchete, cierto, una nueva entrada de contenido personal. Debo excusarme ante aquellas personas a las que todavía no he dedicado ninguna línea y ocupan un lugar importante en mi vida. Decir sus nombres sería arriesgado, porque siempre puede quedarse alguno en el olvido, pero eso no exime de recordarles el amor que siento por ellos. En esta ocasión, sin embargo, de nuevo repito patrones de conducta y dedico la siguiente entrada a la mujer que desde hace unas semanas precipitó un cambio importante en mi pequeño universo, ella es Anna, sí, Anna con nombre propio.]
Millennium: El hombre que no supo amar a las mujeres
Hace una eternidad Anna despertó mis primeros sentimientos puros hacia una mujer y me hizo saber lo que no quería, ahora, veinte años después, aparece de nuevo para rescatarme por segunda vez y hacerme entender qué es lo que realmente quiero.
Las casualidades existen, pero son caprichosas. En estos últimos meses me hizo sentir en este blog como un cisne en Genéricos especiales, me despertó de mi letargo en Pandora y me hizo escribir el poema en prosa más bello que tengo en Ardvi Sura (Incontaminable), espero que este último de alguna manera lo conserve como un grato recuerdo, aunque sea difícil de entender, como difícil de entender es la complejidad de mi comportamiento.
En mi breve experiencia con el sexo opuesto nunca tuve la iniciativa, más bien mantuve pautas poco masculinas. Existen algunas razones, que ahora trato en terapia gracias a mi reencuentro con ella, que por algún motivo me hacen huir de las mujeres que me producen sentimientos románticos. Este peculiar y corto bagaje amoroso supone que no estoy acostumbrado a actuar y que no sé enfrentarme al rechazo. Por primera vez estoy contento de haberlo hecho, de dar el paso con la persona adecuada, de avanzar en un retraso emocional que mantengo inmaduro y de enfrentarme a mis bloqueos sexuales.
Es cierto que en mi pequeña andadura con Anna no me liberé de todas mis cadenas, no es sencillo modificar estructuras que me han servido para sobrevivir durante tanto tiempo en condiciones psíquicas adversas, pero esta vez tengo la tranquilidad de haberlo intentado, de luchar por ello, de arriesgarme para encontrar un sí o un no, que resultó ser un no, y aprender del resultado. En este sentido, ella es como mi media naranja mecánica.
Anna se despide y se aleja, es lo correcto, en cierta manera yo habría hecho lo mismo en su lugar, pero no por ello dejará de ser especial, esta vez sin idealizaciones. Pero no puedo ser embustero y cargarle toda la responsabilidad o mérito de mi resurrección en este último pasaje novelesco. Existen también otras razones que hace unos pocos años comenzaron a desestabilizar el control de mi cuadriculada realidad y arrancaron esta voluntad de cambio que quedó en desahucio tras mi última ruptura de pareja. Éstas, si la ocasión lo requiere, ya las comentaré en otro momento.
Es posible que ella lea estas líneas, me preguntó si yo estaría bien tras su negativa, una inquietud que le honra más, si cabe. Todavía no soy tan frágil como parezco, aunque esté aprendiendo a no tener miedo a romperme y comience a conducir sin cinturón de seguridad. Sí, estoy y estaré bien, lo digo con cariño, todo esto que ha pasado resulta positivo para mí y me refuerza para no paralizarme. Aunque esté algo centrado en mis carencias afectivas, sé que no son un problema real y que algún día compartiré la alegría y sencillez de mis emociones latentes.
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