jueves, 30 de julio de 2009

La conciencia residual

Esta mañana me he cruzado con una gitana rumana que removía bolsas en un contenedor de basura con una mano mientras portaba a un niño de dos años en su otro brazo y abría la tapa del contenedor pulsando el pedal de palanca con el pie. Me he acercado y le he preguntado si quería que le sujetase al niño. Ella, asintiendo con la cabeza, me lo ha entregado, me ha señalado el pedal del contenedor para que yo lo pisara y ha continuado buscando entre los restos de basura.
El crío se me ha quedado mirando, su piel morena disimulaba la suciedad de su carita llena de mocos. Sus pequeñas manos han comenzado a tocar mis mejillas con suaves golpecitos, descubriéndome como me descubriría un ciego, repentinamente ha pronunciado un papá extraño y me ha robado una sonrisa.

Cuando la mujer terminó de repasar el contenedor, cogió al niño por las axilas y, girándolo, volvió a recostarlo contra su pecho. Por un momento pensé que me pediría dinero, fiel a mi mentalidad egocéntrica de clase media acomodada, pero no, la joven gitana continuó su marcha con un paso tranquilo que parecía no tener destino. En ese instante, volví a ser consciente del ruido de la calle, sordo porque la escena había captado toda mi atención, y me percaté que mi pie seguía presionando el pedal del contenedor y que mantenía su tapa abierta.

En el trabajo le he explicado la anécdota a un compañero. Éste me ha preguntado de manera retórica ¿qué buena gente eres, no?, sin embargo, no hice nada que mejorase la situación de aquella familia rumana, tan sólo les facilité su tarea de buscar entre las basuras, manteniendo cada uno de nuestros estatus con una implicación tan superficial, con ese distanciamiento en segundo plano que forma ya parte de nuestra cultura contemporánea.

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