martes, 7 de julio de 2009

La finca de Babel

En mi antigua comunidad de vecinos vivía un matrimonio en la portería con verdadera vocación profesional, ella padecía agorafobia y no salía del inmueble, él deshilvanaba las horas desde el exterior del portal fumándose un cigarrillo cada cinco minutos. Cuando se jubilaron, tiraron de los ahorros y se compraron el ático tercera.

En el entresuelo primera, las permanentes no acabaron de fijar bien y la peluquera tuvo que cerrar el negocio y especializarse en bisoñés y pelucas para calvos.

Subiendo a mano derecha, en el rellano del primer piso, el alcohol se filtró en el marido del primero primera y en el matrimonio del primero segunda. La esposa de la puerta primera hibernó en una profunda depresión, al marido de la segunda puerta se lo encontró ahorcado con un ojo morado su mujer, acompañada de su hija mayor.

En el segundo tercera, el cónyugue de la vecina más cotilla del bloque, que apenas articulaba palabra y siempre repetía los finales de frase de su mujer, años más tarde padeció una embolia que su esposa no supo encajar y dejó de cotillear.

Más arriba, en el tercero, un inquilino de dudosa profesión bajaba cada día en el ascensor fumando marihuana y dando las buenas noches tenga usted. En todas las reuniones convocadas por el administrador amenazaba con el puño cerrado a los propietarios del sobre-ático segunda por una chimenea que habían abierto sin autorización en la azotea.

En el quinto, la esposa de la primera puerta enviudó en la cama y despertó a los vecinos pidiendo auxilio de madrugada. Los matrimonios del sexto primera y sexto segunda tampoco llegaron a las bodas de plata, las causas: defunción y divorcio. El padre de la primera puerta no supo rehacer su soledad, la madre de la puerta segunda se hipotecó en el cuarto cuarta y se mudó con sus tres hijos.

Más arriba, donde el edificio se estrechaba, en el ático primera vivía un artista homosexual con el buzón del correo permanentemente destrozado.

Por último, cerca de las terrazas, en el sobre-ático cuarta, el piso más apartado, se encontraron el cuerpo en descomposición de una chica que murió en la bañera víctima de los fármacos y el alcohol. El día que la policía retiraba su cadáver, entraba yo por el portal. Recuerdo que tuve que taparme la nariz y la boca, el olor que desprendía era demasiado intenso. Su marido hacía unos meses que le había abandonado y ella comenzó a acumular basuras en la casa y a prostituirse en la calle. Tenían un perro, pero nadie supo responder qué pasó con éste cuando el marido regresó a preguntar.

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