
[De nuevo una de esas entradas con contenido personal que uno necesita escribir pero que se encuentran lejos del interés de los demás. Los que agradecieron la anterior vez el aviso, volverán a agradecer esta pequeña introducción si prefieren no continuar leyendo. Me doy cuenta que estoy cambiando, más de lo que pensaba, estoy contento pero algo asustado porque todavía no controlo esta metamorfosis tardía.]
En el nombre del padre
y del hijo
Ayer fue el aniversario de mi padre. Si no hubiera fallecido, ahora tendría setenta y nueve años.
Mi padre ha sido (es) la persona más buena que he conocido hasta el momento, por él sacrifiqué muchas cosas y las seguiría sacrificando si siguiese vivo. Recuerdo su funeral como el más multitudinario al que haya asistido. Es cierto que muchos de los que acudieron al tanatorio vinieron a hacer compañía a los que padecíamos el duelo, pero en el fondo, no dejábamos de ser una parte de él y su legado.
Cuando escribo de mi padre pierdo la poesía, en ese sentido la acapara toda mi madre. Mi padre ha de conformarse con una prosa realista y sencilla, más bien llana, como el amor que sentía por él. Quizás esto es lo mejor de la relación que mantuvimos, la naturalidad de un querer que se materializaba cada día con un beso en la mejilla, un abrazo en el que me hacía pequeñito en sus bazos aunque le sacase dos cabezas de alto, un entendimiento en el silencio, un estar y no estar porque la vida me empujaba a forjar mi propio camino y caminar.
Mientras escribía las anteriores líneas no he podido contener las lágrimas, no lo oculto, precisamente eso es algo que él no me enseñó.
No todo lo hizo y le salió bien es esta vida, pero procuró hacerlo y lo hizo lo mejor que supo. Cuando las cosas están mal, le hecho tanto de menos.
El día que murió me dejaron despedirme de él en solitario en la habitación del hospital. Entonces le dije cosas que debería haberle dicho antes, mucho antes, aunque él las supiese. En la mesita de la camilla habían dejado las enfermeras su prótesis dental y los imperdibles del catéter. Cogí ambas cosas y me las guardé en el bolsillo. Después le besé en la frente, su piel estaba rígida y fría, definitivamente se había ido, esta vez, a diferencia de su amada esposa, pidiéndonos permiso a los hijos.
En el nombre del padre
y del hijo
Ayer fue el aniversario de mi padre. Si no hubiera fallecido, ahora tendría setenta y nueve años.
Mi padre ha sido (es) la persona más buena que he conocido hasta el momento, por él sacrifiqué muchas cosas y las seguiría sacrificando si siguiese vivo. Recuerdo su funeral como el más multitudinario al que haya asistido. Es cierto que muchos de los que acudieron al tanatorio vinieron a hacer compañía a los que padecíamos el duelo, pero en el fondo, no dejábamos de ser una parte de él y su legado.
Cuando escribo de mi padre pierdo la poesía, en ese sentido la acapara toda mi madre. Mi padre ha de conformarse con una prosa realista y sencilla, más bien llana, como el amor que sentía por él. Quizás esto es lo mejor de la relación que mantuvimos, la naturalidad de un querer que se materializaba cada día con un beso en la mejilla, un abrazo en el que me hacía pequeñito en sus bazos aunque le sacase dos cabezas de alto, un entendimiento en el silencio, un estar y no estar porque la vida me empujaba a forjar mi propio camino y caminar.
Mientras escribía las anteriores líneas no he podido contener las lágrimas, no lo oculto, precisamente eso es algo que él no me enseñó.
No todo lo hizo y le salió bien es esta vida, pero procuró hacerlo y lo hizo lo mejor que supo. Cuando las cosas están mal, le hecho tanto de menos.
El día que murió me dejaron despedirme de él en solitario en la habitación del hospital. Entonces le dije cosas que debería haberle dicho antes, mucho antes, aunque él las supiese. En la mesita de la camilla habían dejado las enfermeras su prótesis dental y los imperdibles del catéter. Cogí ambas cosas y me las guardé en el bolsillo. Después le besé en la frente, su piel estaba rígida y fría, definitivamente se había ido, esta vez, a diferencia de su amada esposa, pidiéndonos permiso a los hijos.
jo, no tengo palabras.
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